Orjot Tzadikim (Las sendas de los justos)

 

 

El odio es una de las cosas que hacen que la persona salga del mundo.[1] Este pecado trae consigo muchos otros porque el odio enciende discusiones, y conduce a pleitos y maledicencia. También causa que el que odia esté contento con la desgracia del prójimo. No existe un pecado que sea tan constante como el pecado de odiar, puesto a que a cada instante se transgrede lo que ordenó la Torá: No odies a tu hermano en tu corazón.[2]Por tanto, tenemos que decir que cualquier tipo de odio se considera Sinat Jinam (odio gratuito), porque por más argumentos que el hombre tenga para odiar, su razonamiento es vano. El odio se genera cuando la persona sufre un agravio contra su dinero o su honor… la Torá ordenó: No te vengues ni guardes rencor.[3]El agresor no es más que un mensajero del Creador, (obviamente que tendrá que rendir cuentas, porque eligió ser él quien ejecute la sentencia), pero si el perjudicado esta consiente de que el atacante es como un hacha en manos del leñador, quiere decir, fue el mismo Creador quien decretó esa acción y seguramente tiene una connotación positiva, entonces no existe motivo para odiar al agresor…[4]

 

 

El sexto portón: el odio.

Shá'ar Hasinhá, continuación…

 

 

A pesar de lo antedicho, existe un tipo de odio considerado precepto, por ejemplo, el que se siente por el malvado que no está dispuesto a aceptar reproches, como está escrito: Temor al Eterno es odiar el mal.[5] Y está dicho: …a quienes Te odian, Señor, yo odiaré y a quienes Te enfrenten combatiré: con odio extremo los odiaré, enemigos serán para mí.[6] Se debe odiar la mentira y la falsedad. En definitiva, debe odiar todo aquello que lo aleje o impida el amor al Creador, como está escrito: Toda senda falsa odié.[7]

 

Haciendo una introspección

 

Abraham Abinu fue el primer ser humano que analizó y llegó a la conclusión que debía haber una Primera Causa y fue cuando descubrió y reconoció la existencia del Creador.[8] Fue llamado “Ha'Hibrí” (el hebreo), los Jajamim explican que el origen del nombre significa “del otro lado”, quiere decir, él desafió sólo a toda la humanidad en contra del paganismo y en pro de la verdad que él había descubierto.[9] Luchó y venció incluso a los seres más fuertes de su generación; no temía ni temblaba frente a nadie. Nimbrod un ser perverso, quien se presentaba a sí mismo como si fuera una divinidad y todos temían frente a él, Abraham fue el único que se atrevió a desafiarlo aún bajo la amenaza de ser arrojado al un horno ardiente de Ur Casdim, fue salvado milagrosamente por el Creador.

 

Rab Moshé Shamay de la ciudad de Yazd, era reconocido como un gran hombre que se sustentaba de su propio trabajo. Todos los días se ocupaba en vender diversos tejidos en los pueblos que rodeaban su ciudad y en Shabbat disertaba ante los feligreses que corrían para encontrar un buen lugar para escuchar sus sabias palabras, estudiaba en diferentes grupos y respondía a las múltiples cuestiones que se presentaban en el día a día.

 

Después de haber cumplido los sesenta años de edad, decidió residir en su propia ciudad todo el tiempo, de manera que adquirió un pequeño local en el que vendía nueces y similares. Así, entre un cliente y otro, podía dedicar de su valioso tiempo al estudio de la Torá. La verdad es que podía verse claramente que su estudio de Torá era lo principal, mientras que el negocio lo atendía como algo secundario. Cierto es que no ganaba mucho, pero la alegría y satisfacción de vivir podía verse reflejada en su rostro.

 

El Yétzer Hará (el instinto maligno) no podía soportar ver a un hombre, quien aprovechaba tan diligentemente su tiempo para servir al Creador. Así que un día le hizo llegar a un vecino árabe, justo al lado de su tienda, para interrumpir aquello que realizaba con tanto fervor.

 

Al ver el nuevo vecino al Rab Moshé, sintió una ardiente envidia, no podía soportar como el rabino disfrutaba de su estudio de Torá al tiempo que, sin siquiera esforzarse, la clientela entraba y compraba alegremente y a su tienda ni siquiera volteaban a ver. ¿Qué podía hacer? Pensó y pensó hasta que decidió incomodar al Rab, así que comenzó a leer su Corán a todo pulmón y en todas las entonaciones que él conocía. Sus gritos se escuchaban aun de lejos. A Rab Moshé le costaba trabajo concentrarse en su estudio, hasta que finalmente decidió visitar a su vecino, con el cual aun no había sido presentado. “Querido vecino”, comenzó el diálogo Rab Moshé. “Te suplico disminuyas un poco tu tono de voz”. “¿Y por qué he de hacerlo?, respondió el árabe. “Después de todo somos vecinos y no es decoroso que nos incomodemos cuando debería de reinar la paz entre nosotros”, solicitó amablemente el Rab. No obstante, el árabe incrementó más su tono de voz, hasta que incomodó tanto al Rab que ya no conseguía concentrarse. Entonces entró una vez más a la tienda del vecino, suplicándole que disminuyera su voz. El árabe se levantó y con la mirada fija en Rab Moshé comenzó a maldecir y humillar a los Yehudim, a su fe y a la Torá misma…

 

Rab Moshé estremecido por lo que había escuchado, se levantó erguido y amonestó al árabe: “¡Ahora me escucharás tu a mí! Si me hubieras maldecido a mí, me hubiera callado y te hubiera perdonado, pues se trata de mi honor personal. Pero tus maldiciones las dirigiste ante el Creador mismo, a Su Torá y a Su pueblo, y esto es imperdonable, ¡Hoy es tu último día en esta tienda! Un hombre que pasaba por allí decidió entrar para ver qué sucedía. Rab Moshé le dijo: “¡Tú serás testigo de mis palabras!”. Trazó una línea en la pared de la tienda y le dijo: “Mañana mismo, cuando la luz del sol llegue a esta línea, ese hombre estará dentro de su tumba”. El testigo trató de intervenir en la disputa y le rogó: “Perdónelo Rab. Él ya se retractó de lo que hizo. Sin lugar a dudas, jamás lo volverá a hacer”. El Rab suspiró y dijo mientras se daba vuelta para retirarse: “Lo siento, ya no está en mis manos. No me ofendió a mí, sino a nuestra santa Torá”.

 

Esa noche, cuando el árabe cerró la tienda para dirigirse a su casa, sintió tremendos dolores de cabeza. Cayó en cama y esa misma noche murió. El entierro se llevó a cabo al amanecer del siguiente día y, cuando el sol había llegado a la marca trazada por Rab Moshé en la pared de la tienda del árabe, la tumba fue cerrada…

 

Nuestro patriarca nos enseñó a no callar cuando el honor del Todopoderoso y de Su Torá son blasfemados, debemos cuidar, respetar y defender Su honor ante todo apostata y ante cualquier otra ideología que atente contra los principios de la Torá y de los dictámenes de nuestros Jajamim. ©Musarito semanal

 

 

“En el lugar donde no haya hombres, procura ser hombre”.[10]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Pirké Abot 2:11.

 

[2] Vayikrá 19:17.

 

[3] Idem 19:18.

 

[4] Péle Yoetz, amor entre amigos.

 

[5] Mishlé 8:13.

 

[6] Tehilim 139:21-22.

 

[7] Ibid 119:163.

 

[8] Shabbat 156a

 

[9] Midrash Rabá 42:8

 

[10] Pirké Abot 2:5.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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