Tú eres único ante los ojos de Hashem

 

 

“Hagan el censo de toda la asamblea de Israel…” (1:2).

 

Esta semana comenzamos la lectura de la primera Perashá del libro Bamidbar, que también se conoce como “el Libro de los Números”. Recibe este nombre debido a que Hashem solicita censar a Am Israel para darnos a conocer el número de integrantes que lo formaban en ese momento. Es usual que los gobiernos hagan un recuento de la población para determinar el crecimiento y así poder cubrir las necesidades de cada uno de los miembros que la componen. ¿Acaso Hashem necesita solicitar un conteo para recabar estos datos? ¡Es absurdo pensar que Hashem lo requiera! Entonces, ¿cuál es el objetivo de este censo?

 

Hashem es nuestro Padre; todos sabemos cuánto cariño un padre dispensa a su hijo. Sin embargo, no conocemos a padres que para demostrarlo se dediquen a contar a sus hijos. Más aún, el Libro de Shemot comienza mencionando a los hijos de Yaacob Abinu.[1] Rashí comenta: “Aunque la Torá ya los había contado por sus nombres en vida, vuelve a contarlos pese a que ya habían muerto con el propósito de dar a conocer el cariño que Hashem les tiene, pues habían sido comparados con las estrellas a las que Hashem saca y mete por número y por sus nombres, como dice el versículo: Aquel que saca por número a Sus ejércitos, a todos llama con un nombre”.[2]

 

Cada uno de los integrantes del Pueblo de Israel es como una piedra preciosa ante los ojos de Hashem. Es como alguien que posee un tesoro y no se cansa de contar y contemplar cada una de sus piezas, valorando desde la más pequeña hasta la más grande, ya que todas son valiosas. De igual forma, no hay diferencias ante los ojos de Hashem; todos valemos por igual, todos somos parte de Su tesoro, no importa el cargo ni la posición social ni el coeficiente intelectual. Ni siquiera nuestro nivel espiritual cuenta a la hora de supervisar cada uno de nuestros movimientos. Amado es el Pueblo de Israel, pues ellos son llamados Hijos de Hashem.[3]

 

Él confirió a Israel las coronas de la Torá, del Sacerdocio y de la Realeza.[4] Por eso, cuando ordenó contar al pueblo utilizó la palabra seú, que además del significado literal, que es “cuenten”, también significa “eleven”. Fuimos contados para que cada judío se percatara de que es un ser único y especial. El calificativo no sólo nos enorgullece, sino que nos obliga, nos compromete a vivir en forma honesta y bajo los lineamientos que Hashem nos dio. Con esta expresión, Hashem quiere mostrarnos que cada uno posee características diferentes y que cada quien tiene un valor, un propósito y una misión determinados en el mundo.[5]

 

Debes tener presente que nunca hubo una persona exactamente igual a ti, ni la habrá hasta el final de los días. Eres una persona singular, que posee una combinación precisa de talentos. Hashem te colocó en un hogar en un determinado momento de la historia y en un lugar exacto. Hashem te asignó una tarea específica. Gozas de una porción especial en la Torá. El mundo, en su totalidad, te espera. No existe otra persona que pueda cumplir tu misión particular en la vida.[6]

 

La palabra Adam, que es como nombró Hashem al primer hombre, no tiene plural en hebreo, enseñándonos así que no existe suplente para lo que cada uno debe hacer.[7]

 

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores estaban muriendo. El roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el pino. El rey fue a observar al pino y lo halló caído, porque no podía dar uvas como la vid. El rey se acercó a la vid y la encontró agonizante, argumentando que no podía florecer como la rosa. La rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el roble. El rey caminaba cavilando sobre la deplorable situación en la que se encontraba su jardín. Entonces encontró una planta, una hermosa orquídea que florecía e irradiaba una belleza como nunca antes había visto. El monarca se alegró y le preguntó: “¿Cómo es que creces tan saludable en medio de este jardín inconforme y sombrío?”. “No lo sé, su majestad”, respondió la flor. “Quizás sea porque siempre supuse que cuando usted me plantó, quería una orquídea. Si su majestad hubiera querido un roble o una rosa, los habría plantado aquí. Por eso desde el momento en que me sembró, me dije: ‘¡Intentaré ser orquídea de la mejor manera que pueda…!’”.[8]

 

Debemos saber que cada uno es una personalidad importante e insustituible dentro del pueblo. Hay que procurar ser auténticos y hacer lo que realmente nos corresponde. Si buscamos imitar a otros, nunca lo conseguiremos, pues no poseemos ni las virtudes ni el permiso del Cielo para ocupar su lugar. Así, debes mostrarte tal como eres. Ten presente que Hashem te creó con características que sólo tú posees. No existe otro en el mundo como tú. Esto debe hacerte sentir orgulloso, mas no altivo. ¿Acaso existe alguien que pueda atestiguar sobre sí mismo que se comporta de acuerdo con todos los requerimientos que debe cumplir alguien querido por Hashem? La persona que se considera importante no puede vestir cualquier clase de ropa sólo porque todos los demás lo hacen, ni tampoco comer en cualquier lugar público o cometer errores que quizá otra persona sí podría cometer. Por el contrario, debe ser un ejemplo en toda su vida, ya que permanentemente es observado por todos para ver su proceder. La persona que busca comportarse como Hashem desea, debe estudiar el Manual de Instrucciones (la Torá), donde se detalla cuál debe ser la conducta, el criterio y la forma en que cada yehudí logre su cometido, y cuando se presente delante del Rey de los reyes, podrá decir con orgullo: “¡Misión cumplida!”.  ©Musarito semanal

 

 

 

 

“Cada Yehudí es hijo único de Hashem.”

 

 

 

 

 

 

[1] Shemot 1:1.

 

[2] Yeshayá 40:26; Shemot Rabá 1:3.

 

[3] Pirké Abot 3:14.

 

[4] Rambam, Talmud Torá 3:1.

 

[5] R Shimshon Raphael Hirsch; Seforno.

 

[6] Alé Shur, Rab Shlomó Wolbe.

 

[7] Adaptado de un escrito de Rab Rafael Freue.

 

[8] Historias, cuentos y reflexiones, pág 45; Nelly Kaufman K. de Klein.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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