Perek 4, Mishná 3

 

 

Él solía decir: No desprecies a ningún hombre y no rechaces ninguna cosa, porque no hay hombre que no tenga su hora ni cosa que no tenga su lugar.

 

Continúa Ben Azái con la enseñanza de lo cuidadosos que debemos ser con el honor del prójimo, dado que todos los seres humanos son creados a la imagen del Eterno. Una persona no debe despreciar a ningún hombre, ya que hacerlo sería como despreciarlo a Él. La segunda parte de la declaración enseña que uno debe discriminar las cosas pensando que son inútiles, pues todo tiene un papel en un tiempo y lugar específicos, y solamente el Creador conoce el motivo, la función y el lugar que ocupa cada una de sus criaturas.

 

Cita el Midrash[1] que cierta vez David, el rey de Israel, estaba sentado en su jardín y vio a una avispa que se comía a una araña, vino un loco con una vara en la mano y la ahuyentó. Dijo entonces David ante el Todopoderoso: “¿Qué beneficio se obtiene de estas criaturas que has puesto en Tu mundo? La avispa consume la miel y destruye, y no tiene provecho de ella. La araña teje todo el año y no es capaz de vestirse a sí misma. El loco; carente de sentido, ofende a la gente y no sabe de Tu gloria ni de Tu majestad, de él no se obtiene ningún beneficio”.

 

El Señor le respondió a David: “Estas mostrando una actitud despectiva hacia Mis criaturas. Llegará el día en que las necesitarás y entonces sabrás para qué fueron creadas”. No pasó mucho tiempo y David huía del rey Shaúl. Le solicitó refugio a Ajish, rey de los Pelishtim, en la ciudad de Gat.[2] Los guardianes del rey, eran hermanos de Goliat, a quien David había aniquilado recientemente, pensaron que les había llegado la oportunidad de vengar la sangre de su hermano, entonces le solicitaron al rey el permiso para asesinarlo. El rey abogó por David diciéndoles: ¿Acaso no ganó en un duelo limpio? Entonces, replicaron los hermanos: “Si es así, ¡debe bajar inmediatamente del trono, pues la condición del combate era que el vencedor reinaría sobre los vencidos, y por tanto, el trono en el que está sentado pertenece a David!”. Al rey no le quedó opción más que acceder a su petición. David se encontraba en aprietos, cuando se dio cuenta que lo estaban buscando, levantó sus ojos al Cielo y clamó. El Todopoderoso le respondió: “¿Qué deseas David?”. “¡Por favor, concédeme un poco de la locura que has creado!”. El Señor le respondió: “¿Acaso no te di a entender que todo aquel que desdeñe cualquier cosa, sufrirá por ello, y ahora me pides poseer locura…?”. Entonces David comenzó a mostrar un comportamiento nada usual. Tempo atrás la esposa e hija de Ajish habían perdido la razón; ellas se lamentaban y gritaban en el interior del palacio, mientras que David hacía lo mismo desde el exterior. Los guardias del rey lo apresaron y le llevaron ante el rey filisteo, tan pronto lo vio, les dijo a sus guardias: “¿Están ustedes burlándose de mí? ¿Acaso me faltan locos en mi casa para que me traigan uno más?”. David fue puesto en libertad y huyó hacia un lugar seguro.

 

Más adelante, David quien continuaba huyendo del rey Shaúl, se ocultó en una cueva para ponerse a salvo de su perseguidor.[3] Los que acompañaban al monarca, habían revisado minuciosamente casi toda la zona, pues los informantes les habían dicho que David se encontraba muy cerca de allí, el único lugar que los rastreadores no habían todavía inspeccionado era justo la cueva donde estaba oculto el fugitivo. Pero el Todopoderoso deseaba dejar a David con vida, pues él estaba destinado a ser el próximo rey de Israel, así que realizó un milagro: envió a una araña, la cual tejió rápidamente una telaraña en el umbral por donde David había pasado al interior. Cuando Shaúl llegó allí vio la enorme telaraña y se dijo: “Nadie ha pasado en años por aquí, y prosiguió su camino sin mirar en el interior. Cuando David salió miró a la araña y exclamó: “Bendito seas tú, Oh Señor del Universo, ¿quién puede reproducir Tus actos y Tus proezas de majestad? ¡Todas tus creaciones son gloriosas!”.[4]

 

En otra ocasión, David encontró a Shaúl dormido en su campamento, mientras que su general, Abner, dormía en una posición protectora, con la cabeza hacia una entrada a la tienda de campaña, y los pies hacía la otra. Pero las piernas estaban extendidas y muy separadas entre sí. David se introdujo con gran cautela para tomar un frasco de agua. Mientras tomaba el objeto, Abner, aun dormido movió sus piernas y David quedó aprisionado entre ellas. Si intentaba zafarse el guardián despertaría y lo mataría instantáneamente. Entonces le imploró en silencio al Señor: “Patrón del Mundo, ¿por qué me has abandonado?”. En ese preciso instante, una avispa ingresó volando a la tienda, le picó en las piernas a Abner, de modo en que cambió su posición, y David pudo salir del aprieto, agradeciendo al Creador del milagro.

 

De este modo, David llegó a entender que aun las cosas que a simple vista no tienen ninguna utilidad para el ser humano, no se debe menospreciar, ya que este mundo está perfectamente ordenado, todo objeto, toda criatura tiene su hora, su función, valor y utilidad.

 

En Midrash,[5] relata algunos sucesos que muestran que todas las cosas, incluso seres ínfimos como moscas, larvas o insectos, a cada una el Creador les asigna una misión: Un hombre que estaba cosechando trigo en el campo. El sol brillaba con toda su fuerza, la temperatura subió hasta que el campesino no podía soportarlo, para cubrirse arrancó una planta y se la puso sobre su cabeza. Mientras tanto apareció una serpiente, el hombre se asustó y le atestó un fuerte golpe con su bastón y la mató. Momentos más tarde pasó por allí una persona entendida en reptiles y al observarla muerta sobre la tierra le preguntó –“¿Quién pudo matarla?”. –“Fui yo”, respondió el agricultor. El hombre vio que este tenía sobre su cabeza unas hojas le pidió –“Quítate las plantas por favor que quiero ver tu fuerza”. Eso hizo, al acercarse sin ellas, al reptil muerto, todo su cuerpo se vio afectado solamente del aroma del poderoso veneno. La “simple” hoja que el hombre tomó para protegerse del sol, tenía las substancias que contrarrestaban el peligroso veneno de la víbora.

 

Dos hombres andaban por un camino, un invidente y el otro le servía de guía. En la mitad del camino se sentaron a descansar y a comer su pan. Mientras comían, el vidente encontró unas verdes hierbas que había en el campo; se veían frescas y apetecibles, arrancó algunas para acompañar su comida, los dos las probaron. De pronto algo increíble sucedió, el ciego comenzó a ver, y al otro se le nubló la visión de manera inmediata. Al regreso, el antes ciego era quien llevaba de la mano a su compañero. Comprendemos que con esta hierva se podía cegar ojos o darle visión a quien no la tenía, cada uno depende de su situación y cada uno de acuerdo a la voluntad del Todopoderoso, quien decide la función de cada cosa, sea castigar o corregir a quien lo merezca o darle el pago o premio a quien lo amerite, como esta planta que dio diferentes efectos. © Musarito semanal.    by Elias E. Askenazi

 

 

 

“No debe menospreciarse a nadie en el mundo porque todas las criaturas son obras de las Manos del Creador de todo, y todo lo que creó Hashem en Su mundo no lo hizo sino por Su Propio Honor”.[6]

 

 

 

 

 

 

 

[1] Otzar Hamidrashim; Alfa Beta de Ben Sirá, 22,3.

 

[2] Shemuel I 21:11.

 

[3] Idem 14:25.

 

[4] Ver el Midrash con el Targúm sobre el Tehilim 57:3.

 

[5] Bereshit Rabá 10:7.

 

[6] Taanit 20b.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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