Perek 2, Mishná 5

 

 

El solía decir: El inculto no teme al pecado, el ignorante no puede ser piadoso, el vergonzoso no aprende, el quisquilloso no enseña, y no todo aquel que se dedica de lleno al comercio puede instruirse; y en un lugar donde no hay hombres, esfuérzate en ser hombre.

 

 

Continuamos con las enseñanzas de Hilel, él solía ​​decir: Un hombre inculto, vacío, carente de conocimiento y de toda virtud moral,[1] no puede llegar a ser un temeroso del pecado; y aun así no se considerará inherentemente malvado, él simplemente desconoce las transgresiones de las cuales debe privarse, y al no saber lo que estas significan, no temerá al pecado. El ignorante no podrá llegar a ser piadoso. Al ser que se ha sumergido totalmente en los asuntos mundanos e ignora totalmente los conocimientos de Torá, podría tal vez temer al pecado, pues posee la capacidad de distinguir el mal del bien. Y al interactuar con otras personas, posee algo de conocimiento y sabe protegerse de algunas transgresiones, puede también incluso hacer actos de bien. Pero solo alguien que posee conocimiento de Torá, es capaz de alcanzar el nivel de Jasid (piadoso), porque este nivel requiere un amplio conocimiento de las Leyes, además requiere pureza de corazón y limpieza de alma y es por esto que puede incluso ir más allá del requerimiento que marca la Ley.[2]

 

Ahora que Hilel ha enfatizado cuán importante es el aprendizaje de la Torá para la formación de una persona virtuosa, entonces él muestra algunas de las características que debe poseer el estudiante o maestro, así como las cosas que no deben de hacer; Una cosa es saber y otra saber enseñar. La máxima de Hilel no está basada simplemente en teoría, sino que él lo mostró con su propia experiencia personal, como lo mencionaremos más adelante.

 

El vergonzoso no aprende, pues quien se ruboriza al admitir que no sabe, porque quizás se burlen de él, estará condenado a permanecer para siempre con una gran cantidad de cuestiones. Cuando tiene alguna duda, o si se encuentra en una clase, y el maestro pregunta "¿comprendiste?" el estudiante que no entendió debe responder que no. Hilel quiere enseñarnos en esta declaración que nunca es demasiado tarde para comenzar a estudiar Torá. Una persona no debe sentirse intimidada por el hecho de que ha llegado a una edad madura y no ha aprendido Torá. Como ejemplo, nadie mejor que el gran Rabbí Akiva, quien comenzó a aprender a los 40 años…

 

El impaciente, el educador que muestra severidad ante sus discípulos los asustará y los intimidará, resultando un perjuicio para su aprendizaje, ya que los alumnos por temor a su reacción tendrán miedo a preguntar; y aunque se atrevieran a hacerlo, él no tendrá la paciencia de explicarles como es debido, además de responderles con enojo y por lo mismo se quedarán sin entender. Incluso debe escuchar las preguntas de sus alumnos, aunque las cuestiones no sean correctas. La persona que se enoja con facilidad no encontrará gracia ante los demás, y acabarán odiándolo; de esa manera, la gente tampoco vería con agrado nada de lo que esta persona haga, y aunque si se tratase de un erudito y observante de los preceptos, no desearán aprender nada de él. El hombre iracundo no cosecha más que su ira; mientras que al hombre bueno le dan de probar del fruto de sus obras en este mundo.[3]

 

 

 

 

 

Ni se hará sabio el que se ocupa demasiado en los negocios, una persona que pasa toda su vida ocupada en las cosas materiales no tendrá el tiempo necesario para adquirir sabiduría. Más bien, una persona debe lograr un equilibrio entre su trabajo y su aprendizaje.

 

El Talmud relata que Hilel era muy pobre. Solía trabajar y ganar un tropek (una moneda de poco valor que circulaba en su época), la mitad la entregaba al guardia en el Bet Midrash, la otra la gastaba para alimentar a su familia. Un día no obtuvo ganancia, y el guardia no le permitió entrar. Se trepó a la azotea y se sentó al lado del tragaluz para escuchar las palabras de Torá, impartidas por Shemayá y Abtalión. Era la víspera de Shabbat, y estaban a la mitad del invierno, gruesos copos de nieve caían sobre Hilel, quien se encontraba inmerso en la disertación. Cuando salió el sol al siguiente día, Shemayá le dijo a Abtalión: ¡Qué nublado amaneció hoy! Ambos miraron hacia arriba y vieron la figura de un hombre sobre el tragaluz, subieron y hallaron a Hilel cubierto totalmente por la nieve. Lo bajaron, lo bañaron, lo ungieron y lo pusieron al lado del fuego, hasta que recuperó el calor corporal.[4]

 

Otra anécdota que narra el Talmud, nos muestra que, para erradicar la ignorancia, se requiere de maestros que no sean impacientes ni irascibles con sus alumnos. Sucedió una vez que dos hombres hicieron una apuesta.  Dijeron: "Todo el que logre hacer enojar a Hilel, ganará cuatrocientas monedas". Era víspera de Shabbat, toda la gente estaba ocupada con los preparativos, Hilel se estaba bañando. Uno de los apostadores llamó a la puerta del sabio y gritó: "¿Aquí vive Hilel?". Era una clara provocación, todos conocían el domicilio del Rab principal de la generación, y llamarlo "Hilel" a secas, era una descarada falta de respeto, pero era parte del plan, él buscaba sacarlo de sus casillas. Cuando vio que alguien lo estaba llamando, Hilel se vistió y salió a atenderlo. "Tengo una pregunta..." le dijo. "Adelante. Dime, ¿Qué quieres saber?  "Quiero saber ¿por qué la cabeza de los babilonios es demasiado redonda?". "¡Oh, una muy buena pregunta hiciste, hijo!", Hilel siempre estimulaba a los que preguntaban, aunque sus preguntas fuesen ridículas. Y eso, para que no dejaran de preguntar en el futuro. Le respondió: "Porque las parteras de Babilonia no tienen tanta experiencia, y no saben tomar bien a los bebés cuando nacen...".

 

Pasó un rato, y el hombre volvió una y otra vez, golpeaba fuertemente la puerta y preguntaba todo tipo de frivolidades y el Sabio le respondía calmadamente todas sus cuestiones. Cuando vio que no había manera de sacar de sus cabales a Hilel, trató de hacerlo de otra manera: "¿Sabe una cosa? Tengo muchas otras preguntas, y tengo miedo de hacérselas porque seguramente usted se enojará conmigo...". Hilel se acomodó en un asiento y le respondió con calma: "Todas las preguntas que tengas, házmelas. Estoy dispuesto a responderlas". "¿Es usted a quien todo el mundo conoce como el 'Príncipe de Israel'?". "El mismo". "¡Pues que no haya muchos como usted en nuestro pueblo!". "Hijo, ¿Por qué dices eso?". "Porque por su culpa perdí cuatrocientas monedas.  Aposté esa cantidad a que lo hacía enojar, y no pude". "No, no.  Te equivocas; no pienses en lo que perdiste. Vale la pena pagar cuatrocientas monedas, y otras cuatrocientas monedas más, con tal de ver que Hilel jamás se va a enojar por nada...".[5] ©Musarito semanal

 

 

 

“Un líder es alguien que conoce el camino, recorre el camino y muestra el camino.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ver Onkelos Bereshit 47:19.

 

[2] Rabenu Yoná.

 

[3] Kidushín 41a.

 

[4] Yomá 35b.

 

[5] Shabat 31a.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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